Karla Carpinteiro
Lo vio venir, lo había escuchado desde lejos, la hora coincidía y simplemente lo esperaba.
Al principio no se agradaban, habían pasado por una relación bastante intermitente, sin embargo ahora ansiaba su llegada cada mañana. Parecía ser lo mismo cada día, y aunque lo fuera, no podía evitar saltar de la emoción al verle.
Desde hace algún tiempo quería estar un poco más cerca, no era suficiente lo que tenían, la barrera que los dividía siempre sería impedimento. Bajo ninguna circunstancia estarían juntos, jamás habían interactuado, lo veía desde el claro cristal de la ventana sabiendo que nunca podría entrar.
A tres metros de distancia, buscaba en su bolsa de cuero café mientras se aproximaba a la entrada a paso lento, la misma rutina, se detuvo delante de la puerta y dejó un paquete pequeño, le sonrió y se marchó igual que siempre.
Recordar cuando no sabía de su existencia era pensar en lo ilógico que era creer que las cartas llegaban solas. Cada mañana el correo aparecía en la entrada y nunca se preguntó por qué o por quien, no parecía relevante notar la presencia ni siquiera de las cartas, hasta el día que lo vio.
Fue desconcertante la primera vez, justo en la puerta se detuvo un extraño, estaba demasiado cerca de la casa y tenía que defender su hogar de lo desconocido. El extraño, asustado, dejo con cautela unos sobres, pasándolos por una pequeña rendija en la puerta; era el correo.
Desde ese día no pudo dejar de verlo, al inicio con desdén y rabia, no comprendía por qué estaba tan cerca, tenía que alejarlo a toda costa, pero el extraño, que había dejado de serlo, se limitaba a dejar el correo y sonreír, con la esperanza de algún día llegar a agradarle.
Con el paso del tiempo ese sueño se hizo realidad, ya no sentía al cartero como una amenaza, lo observaba desde lejos mientras dejaba el correo y sonreía, la alegría se contagiaba y aprecia que aquella sonrisa era dedicada únicamente para hacerle feliz, y pronto, sin darse cuenta, comenzó a emocionarle su llegada.
Cada semana por la mañana lo esperaba y él llegaba, no podía ocultar su entusiasmo al verlo en la esquina, cargando aquella mochila de cuero café, dentro de la cual, residían miles de palabras escritas para ser leídas, cientos de ideas expresadas esperando ser compartidas; las cartas parecían tener un objetivo, y sin embargo, no lograba entender cuál era el propósito de estas si no era el cartero.
Meneaba la cola y se quedaba en la ventana antes de que viniese e incluso después de que se iba, por si volvía, lo único que importaba ese día era el cartero, a pesar de que nunca había prestado atención al correo.
Con el paso del tiempo, la emoción se volvió rutina, aquel hombre de expresión feliz había cambiado, los años habían pasado sobre él, reflejado en el blanco de su cabello y en la ausencia del brillo de sus ojos, el tiempo había pasado sobre ambos.
Se aproximó a la puerta a paso lento y lo vio dedicarle una sonrisa melancólica a través del cristal, algo había pasado y no tenía forma de averiguarlo, la ventana siempre estaría en el medio. Lo vio marcharse y lo vio volver semana tras semana, hasta que no lo hizo más.
Parece que el tiempo se detiene cuando las cosas dejan de suceder, algo que era constante, de repente cambia, eso que esperamos y nunca llega, pero sobre todo, aquello que queremos y simplemente se va.
Esperó detrás de la ventana, estaba alerta a cada movimiento, las orejas bien paradas y los ojos abiertos ante la demora, se estaba haciendo tarde y el correo no llegaba.
Un desconocido se acercó a la puerta y dejo un paquete por la rendija. La rabia, como al inicio, volvió, tenía que hacer que se alejara, así que ladró, era un completo extraño acechando su hogar, un extraño cerca de su puerta, pero sobre todo, era un extraño entregando el correo.
Podía ver la indiferencia en su expresión al colgarse su mochila de tela negra al hombro, no lo vio a los ojos ni le sonrió, no tenía que hacerlo ni esperaba que lo hiciera, y a decir verdad, tampoco quería.
El correo estaba ahí pero nunca fue eso lo que esperaba. Las cartas no llegan solas y eso era lo más importante.

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